Buenos Aires, 28 de junio de 2013
[aquí continúa el capítulo 15. si estás muy despistado/a te comento que en la columna de la derecha en la etiqueta personal, tienes todos los capítulos de este diario desde tiempos inmemoriales. no cuentes nada. es secreto]
El hombre del brazo de yeso
La verdad es que me han respetado las lesiones… por suerte. A veces te pasa que nunca te pasa nada y de pronto te vienen todas seguidas. ¡C’est la vie! La cuestión es que en estos últimos meses de caos tuve algunos problemas; primero en un oído, luego con los dientes, algún resfriado, y la última, y esta la que ha logrado frenarme en seco; rotura del escafoides de la muñeca de mi mano izquierda. Ya está, no hace falta decir más nada. Sí o sí hay que escayolar, o enyesar, o como te guste denominar al acto de poner un yeso alrededor de mi brazo para que una vez seco, quede cubierto como si de una pared se tratase, en un lamentable intento por parecerme a la roca de los cuatro fantásticos.
La verdad es que no dolía mucho. Lo cierto es que no se sabe bien cuándo ocurrió porque tuve dos caídas separadas por un mes en el tiempo. En ninguna apoyé con la muñeca. Fue mucho más “accidental” y menos doloroso que eso. En verdad doblé o estiré (no lo sé con certeza) mucho la muñeca en sendos malos movimientos al tirarme de la moto para evitar dos choques. Por suerte nunca choqué y no tuvo ninguna consecuencia mis caídas, salvo esa, que tampoco es poco, no por el dolor que ya digo que apenas me molestaba, sino por el incordio que está suponiendo vivir solo en un país que no es el tuyo sin una mano, y más teniendo en cuenta que soy músico y que sin una mano no puedo tocar la guitarra.
En el hospital Pirovano (¡Maldito seas!) no vieron nada. Me hicieron unas placas bastante mal hechas mientras la doctora hablaba por teléfono móvil con su hija, y me felicitaron por no romperme nada. No me dieron nada, no me vendaron, y me mandaron para casa. Yo sabía que no estaba bien y terminé por vendarme yo, aunque de poco sirvió. Luego vino la segunda caída y entonces sí fui a otro lugar, en este caso un hospital privado, el hospital italiano de Buenos Aires, donde me quedé sorprendidísimo al ver el nivel de excelencia que tienen sus instalaciones. El día y la noche lo privado y lo público. Una lástima. Descorazonador. Allí me hicieron más y mejores pruebas y comprobaron la rotura. Debía parar, y no lo hice. Pedí algo de tiempo, un receso poco recomendable de dos semanas. Terminar algunos exámenes, repasar cosas de la facultad, dar un par de conciertos interesantes que tenía programados, y mentalizarme de que me esperaba una larga travesía por el desierto hasta poder volver a hacer mi vida normal.
Volví a hacerme las pruebas pertinentes, pasé por otro especialista que corroboró todo, y visité un par de hospitales más; El Hospital Fernández, en el que el primer día me mandaron para casa sin prestarme atención instándome a pedir un turno al día siguiente, y al día siguiente y luego de más de dos horas, diciéndome que si quería un turno de traumatología fuese los lunes a las cuatro-cinco de la mañana, horas antes de que abriese el hospital para hacer fila en la calle porque apenas había turnos. De esa manera podría conseguir un turno para algún día. Descubrí un nuevo servicio telefónico de turnos en hospitales públicos de capital federal, y luego de un cuarto de hora de conversación me cerraron un turno para un mes más tarde. Días de idas y venidas, de contactos, llamadas, pruebas, etc. Y terminé en el Hospital Vélez-Sarfield, donde finalmente me enyesaron todo el brazo, lo que ha impedido que en el mes de junio haya podido hacer prácticamente nada: vestirse es un problema y un suplicio, la mayor parte de las prendas no entran en este inmenso yeso, ni por el tamaño ni por la orientación del mismo; comer es complicado porque solo puedo usar una mano; olvidémonos de conducir y también de tocar un instrumento, me cuesta incluso tocar la armónica, y doy lástima cuando me ven practicar piano con la mano derecha, uso el pedal para mantener algunos sonidos… ¡Ay pena, penita, pena!

Este tiempo lesionado, que no sé por cuánto se extenderá, espero sirva para otras muchas cosas, y no lo recuerde como un tiempo perdido. Noto que está minando mi moral, que me consume de a poco, y que me tiene muy harto, pero ojalá sea un acicate, un impulso para lo que vendrá luego, sea lo que sea.
Será inevitable frenar un poco en la carrera. Llevaba un ritmo de crucero. En año y medio conseguí muchísimos avances, y ahora también estaba aprendiendo bastante, pero ahora he tenido que posponer muchas de mis clases. Sigo con algunas, las teóricas, y hago lo que puedo en lo demás, a veces escuchar, a veces nada porque es imposible. Haré un par de exámenes, e intentaré aprobar algunas cursadas. Veremos qué pasa. A mediados de julio terminan las clases. Yo me habré perdido de algunas, mes y medio. A mediados de agosto arranca un nuevo semestre. Antes sabré en qué situación me he quedado. También qué pasa con la mano. Tengo una revisión a mediados de julio. Está por ver lo que me cuentan los médicos. Según unas cosas y otras, decidiré en qué me matriculo para lo que resta de año. Se preveía como uno de los momentos más tensos y complejos, y no me siento psicológica, ni físicamente preparado para más intensidad de la que ya traía, así que habrá que ver. La idea es que entre esta convocatoria de exámenes (en la que apenas podré participar) y la de diciembre, pueda solventar todas las cursadas y todos los finales pendientes de 4º curso. Con eso obtendría ya el título medio de músico profesional en la escuela de música de Buenos Aires. Un paso. Es posible que además, ya inicie asignaturas y cursadas de 5º curso, nuevas materias, más conocimientos. Aún no sé si seguiré el año próximo y si apuntaré hacia terminar toda la carrera de música, es algo que estoy sopesando. Hay muchos factores que me influyen y la verdad, no es una decisión sencilla. Me tiene loco eso. Doy tumbos. Me apetecería ponerme de inmediato con mi 3er disco, pero no depende sólo de mis ganas. Lo veo muy complicado. A veces hay que armarse de paciencia y saber esperar el momento. Tener la mesura necesaria para ver crecer la semilla. Cada día vivimos más acelerados y tenemos más ganas de que todo sea ya, ahora, aquí mismo. De veras que cultivo mi autocontrol, sino me la pasaría todo el día montando cosas. Al fin y al cabo aún no he cumplido dos años acá, y siempre me quejo de que mis proyectos no duran demasiado, así que tal vez prolongue un poco más mi estadía aquí. Si lo hago, eso sí, será para aprovecharlo al máximo y volver luego a casa con garantías de poder arrancar una nueva etapa musical con fuerza, formar algo sólido, mínimamente estable, y bien cimentado. Creo que hay materia prima suficiente.
Y aunque el motivo de mi aventura nunca fue obtener un título universitario, lo cierto es que ahora que empiezo a estar cerca, he de completar una de las dos gestiones que desde un primer momento eran imprescindibles para mí, y que por increíble que parezca aún no tengo; la convalidación de mis estudios aquí. La verdad es que no debería ser una gestión compleja pero…
[en los próximos días rendiremos detallada cuenta de lo que sucede con esa gestión... es para no perdérselo. que no te pase a ti, que no le pase al resto]
[en los próximos días rendiremos detallada cuenta de lo que sucede con esa gestión... es para no perdérselo. que no te pase a ti, que no le pase al resto]
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