Martes, 30 de julio de 2013, Buenos Aires, Argentina
El accidente de tren ocurrido el pasado 24 de julio en el barrio de Angrois, a apenas 3km de la catedral de Santiago de Compostela, se llevó por delante 79 vidas, mostró un reguero de damnificados, y dejó tras de sí una sensación de impotencia y de tristeza enormes, no sólo a nosotros los gallegos, sino también al resto de españoles (que mostraron su apoyo de manera incesante con mensajes de condolencia y afecto), y ahondó aún más si cabe, en la profunda depresión que sufre nuestro país desde hace ya más de un lustro. Una depresión que quizás empezó con una crisis económica, o con el estallido de una burbuja inmobiliaria, pero que se ha extendido como la pólvora a todos los estamentos sociales y que está presente en el ambiente de forma permanente. Una catástrofe de esta magnitud no viene más que a avivar esto, aunque también ha servido para demostrar una vez más, la enorme solidaridad, cooperativismo, y sentimiento de comunidad que se produce y se establece entre la gente cuando sucede una catástrofe, produciéndose actos de verdadera heroicidad y regalándonos imágenes de enorme humanismo y confraternidad entre personas que hasta el momento eran desconocidas y que desde ya han quedado hermanadas por un suceso que todos deseamos que no vuelva a producirse. Y es que realmente ya es mala suerte que Galicia haya sufrido tres de los mayores desastres/accidentes que se han producido en España en los últimos diez años, recordando el lamentable suceso del petrolero Prestige en 2003, y los incendios que destruyeron los bosques en 2006.
Este año el día grande de Galicia se tiñó de negro, de luto, de dolor, y de tristeza, y me cuentan que el silencio recorría las calles. Apesadumbrados por lo que había acontecido todos nos pusimos del lado de los familiares de las víctimas acompañándolos en su duelo. Uno sabe que podía estar ahí. Que cualquiera es susceptible de sufrir una situación parecida, y eso es estremecedor. Impotencia absoluta, por no poder hacer gran cosa, más allá de la oleada de donaciones de sangre que se hicieron, y de echar una mano en el lugar del siniestro o en los hospitales. Poco más. Los demás a esperar que en esa lista de fallecidos no esté nadie que conozcas, sabiendo que en el fondo sí están los tuyos, porque como propios los sientes a todos; vecinos, amigos de amigos, compatriotas, y en general personas que a diferencia de ti, tuvieron la mala suerte de que su tren descarrilase a 190km/h en una curva que está pensada para pasarla a 80km/h.

De primeras todos los dedos acusadores señalan al maquinista como máximo responsable. Sobre sus espaldas la segunda mayor tragedia ferroviaria de la historia de España y el primer accidente con víctimas mortales de un tren de alta velocidad, que justo ha sucedido en Galicia, donde se había inaugurado este sistema hace apenas un año, mientras en algunos puntos del resto de país lleva más de veinte años sin dar ni un solo disgusto. Pero más allá de conjeturas, probabilidades, y casualidades, habrá que centrarse en si todo fue un error humano (tamaño error), del que ya se comentan muchos detalles; que si no estaba seguro de en qué punto del tramo estaba, que si él mismo reconoció que se había confundido, que si no le dio tiempo a frenar, etc. O bien, si hay algo más, como por ejemplo esa insistencia por parte de ADIF y Renfe de que el “error humano” sea el único responsable, y sin embargo no se comente que ese tramo no contaba con los sistemas de prevención actuales con los que sí están dotados otros puntos de la vía de alta velocidad, y que habría evitado que el tren pudiese circular a esa velocidad por ese punto, impidiendo por tanto el accidente y no dejando toda la responsabilidad en manos del maquinista, que menos mal que salió ileso, porque de lo contrario jamás habríamos sabido la verdad, de este modo, si es responsable pagará por ello en base a su grado de responsabilidad, pero de cualquier modo podremos esclarecer el suceso, eso si nos dejan, o mejor dicho si le dejan a la justicia hacerlo, y políticos y empresarios no mutilan su capacidad, como hemos visto hacer en el caso del accidente del metro valenciano, por citar un ejemplo reciente.
La sombra de la sospecha ya planea sobre unos y otros, más teniendo en cuenta que las empresas en cuestión se están jugando un suculento contrato para instalar líneas de alta velocidad en Brasil y por lo visto, oído y leído, resulta que esos contratos dependen de que las empresas competidoras por el proyecto no hayan sufrido en otros lugares accidentes relacionados con alguna deficiencia en sus servicios, como podría ser este caso. Hay millones de euros en juego para ellos, pero son mucho más importantes las vidas que se han cobrado en el camino.
Estos días escribí algunas reflexiones en mis perfiles en diferentes redes sociales que aprovecho para compartir aquí también:
Horrible lo que acaba de suceder en Santiago de Compostela. Mi solidaridad con las familias de las víctimas. Poco se puede decir; terrible, espeluznante, horroroso,... Impotencia y dolor. Aquí en Argentina ha pasado dos veces en los dos últimos años y es tremendamente desagradable. Uno se pone en el lugar de las familias y se le pone el corazón en un puño.
Pensaba esta noche en la desesperación y angustia de los familiares que trataban de localizar a los suyos. De lo que debe ser llamar y no recibir respuesta. Y mientras, policías y personal de los servicios de protección civil y sanitaria, socorriendo a las víctimas y cubriendo los cadáveres mientras los teléfonos celulares no dejan de sonar. Soñé que yo llamaba buscando, y soñé que me buscaban y ha sido una noche de mierda. A ti, a mí, a nosotros, a ellos,... a cualquiera le pudo pasar, y me resulta estremecedor.
Preciosas las muestras de solidaridad y cooperación del pueblo gallego.
Orgulloso de mi tierra y de mi gente.
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